¿Por qué Cuba, la roja, se está volviendo verde? ¿Qué hizo posible que en el
país más extenso del mundo, los
indígenas inuit se volvieran los
legítimos dueños de la quinta parte del territorio canadiense? ¿Cómo surgieron
130 mil fincas de agricultura orgánica en Europa? ¿Por qué poetas como Octavio
Paz, multimillonarios como Douglas Tompkins, teólogos como Leonardo Boff,
políticos como Misael Gorvachov, o artistas como Maurice Béjart, reconocieron en
la defensa del planeta la empresa suprema? ¿Por qué los
campesinos de Centroamérica o los “sin
tierra” de Brasil se están volviendo militantes de la
agroecología?¿Alguien logró anticipar
lo que hoy hacen unas 2 mil comunidades rurales en México, artífices de
innovadores proyectos de inspiración ecológica? ¿Qué hizo a más de un millón de
argentinos desechar la moneda y reinstalar el trueque?
Estas preguntas no parecen tener una misma respuesta. Y sin embargo, son
inercias que responden a un impulso común. Hoy en el mundo una nueva fuerza
(¿ideológica?, ¿
política? ¿espiritual?) se despliega
como un proceso silencioso y profundo, como una reacción en cadena frente a la
degradación del mundo mercantilizado y deshumanizado. Son las expresiones,
minúsculas pero tangibles, de una nueva ciudadanía planetaria, los preludios de
una civilización cualitativamente diferente, los esperanzadores cimientos de una
“modernidad alternativa”. Sus “filosofías políticas” no parecen moverse ya
dentro de la geometría convencional de izquierdas y derechas, y dado que surgen
como ex-8.
ECOLOGÍA,
ESPIRITUALIDAD, CONOCIMIENTO 64
periencias fundamentalmente civiles se hallan por fuera de las complicadas
discusiones entre los apóstoles del Estado y los adoradores del mercado. Son, en
el fondo, reacciones de la ciudadanía organizada, frente al proceso de
globalización perversa que el “sueño neoliberal” pretende imponer por todos los
rincones del planeta. Es el renacer de la utopía: la búsqueda y construcción de
una sociedad sustentable.
Muy poco se ha documentado de estos nuevos movimientos sociales, y mucho
menos se sabe de los resortes que los mueven. A pesar de su enorme
heterogeneidad y versatilidad, su principal rasgo es que son iniciativas
realizadas por actores dotados de una cierta “conciencia de especie”, de una
nueva ética por la solidaridad con los otros seres humanos, con el planeta y con
quienes lo habitan. Una conciencia que reconoce tanto los límites de la
naturaleza como los abusos cometidos contra ella, y que por lo tanto vive
preocupada por la supervivencia de la humanidad y de su entorno. Y es que hoy en
día, la sociedad ya no puede ser pensada sin la naturaleza, y la naturaleza ya
no puede ser visualizada sin la sociedad. Los tres siglos de industrialización
que nos han precedido han subsumido los procesos naturales en los procesos
sociales y viceversa.
Hoy, la sociedad global está impactando y desequilibrando varios de los
principales ciclos y procesos de la naturaleza, y estamos ya ante lo que U. Beck
(1998) ha llamado la “sociedad del riesgo.” Los desusados eventos climáticos de
la última década (incluyendo huracanes, inundaciones, sequías e incendios
forestales), los impactos de los contaminantes industriales sobre la salud y los
alimentos, los agujeros en la atmósfera y los nuevos organismos genéticamente
modificados introducidos en la agricultura dan fe de ello. El ensanchamiento de
la brecha que separa a los sectores y países ricos de los conglomerados
marginados y explotados del mundo y la degradación de los más esenciales valores
humanos, son otros elementos que contribuyen a incrementar la peligrosidad del
mundo actual.
Pero no sólo de ambientalismo se están nutriendo estos nue65 vos movimientos
sociales. Su otra gran fuente de inspiración, explícita o no, proviene de los
enclaves menos integrados y modernos del orbe, de las olvidadas reservas
civilizatorias de la humanidad: los pueblos indios. Estas culturas
indígenas, hablantes de unas 5 mil
lenguas diferentes, no sólo conforman la diversidad cultural del género humano,
sus territorios se consideran estratégicos porque coinciden con las áreas
biológicamente más ricas del planeta (Toledo, 2000). En muchos casos son dueños,
además, de enormes extensiones de bosques o selvas, o de las fábricas del agua
que, kilómetros abajo, es utilizada en las ciudades y en la industria.
Su principal aporte sin embargo es ideológico y espiritual. Los pueblos
indios mantienen una visión del mundo de la que la percepción racionalista y
utilitaria que prevalece en los espacios industriales ya no dispone. Para las
culturas
indígenas la naturaleza no sólo es
una respetable fuente productiva, es el centro del universo, el núcleo de la
cultura y el origen de la identidad étnica.
Y en la esencia de este profundo lazo prevalece la percepción de que todas
las cosas, vivas y no vivas, están intrínsecamente ligadas con lo humano. Por lo
anterior, cada día un número mayor de pueblos
indígenas se lanza a jugar los
juegos de la
ecología política, y recíprocamente cada vez
más contingentes de ambientalistas, conservacionistas y de consumidores verdes,
ponen sus esfuerzos en las luchas por la defensa de la cultura, la autogestión
comunitaria y los territorios de aquellos. Ecología e indianidad, lejos de ser
movimientos reivindicativos dispares, tejen y entretejen los principios de una
misma utopía, alimentando de paso la perspectiva de una modernidad diferente.
Y no sólo de
espiritualidad y de reverencia por
la tradición, el recuerdo y el mundo natural, se están alimentando estás nuevas
corrientes. También de un nuevo tipo de conocimiento científico, técnico y
humanístico, más flexible, menos etéreo y más terrenal, mucho más determinado
por las necesidades de la gente, menos condicionado por las élites científicas,
o como diría A. Koestler (1981), por los “cavernícolas académicos.” 66 Y es que
en el fragor de las luchas sociales, un nuevo ejército de científicos (naturales
y sociales), técnicos, humanistas, educadores, pedagogos y filósofos han
irrumpido, a veces con violencia epistemológica, en el actual escenario de los
conocimientos (véase Feyerabend, 1982; Thuillier, 1990; Morin, 2001; Funtowicz y
Ravetz, 1993; Leff, 2000). Y son ellos los que están rompiendo el monopolio de
la cultura, subvirtiendo los cánones de la ortodoxia teórica y metodológica,
atreviéndose a transitar por los nuevos senderos que marca el sentido común,
denunciando la corrupción moral de las instituciones y de los científicos al
servicio de la guerra y del mercado, ensuciando la actividad reflexiva en los
lodos de la construcción alfarera de una nueva utopía.
La batalla no es sólo epistemológica, también es de
política científica y tecnológica, y
en fin de proyectos y de instituciones. Si en 1992, durante la “Cumbre de la
Tierra” en Río de Janeiro, el mundo se estremeció con la presencia paralela de
cerca de 9,000 organizaciones sociales de 167 países que llevaron hasta las
playas de Flamengo a 25,000 militantes buscadores de una “modernidad
alternativa” (este impulso logró conectar temporalmente por internet a 17,000
organismos de todo el mundo), diez años después el Foro Social Mundial realizado
en Porto Alegre concentró a más de 50,000 participantes de todo el planeta, en
la búsqueda de una sociedad diferente, en la construcción de una nueva utopía. Y
es que como afirma Tomás R. Villasante (1995) “…todos los sistemas imperiales o
globales que han existido siempre han incubado en su interior experiencias
alternativas que les han llevado, antes o después, a otras alternativas de
sociedad.” Ecoportal.net
Del libro
ECOLOGIA,
ESPIRITUALIDAD Y CONOCIMIENTO -de
la sociedad del riesgo a la sociedad sustentable-
Disponible en formato PDF
en:
http://www.ambiente.gov.ar/infotecaea/descargas/toledo01.pdf